Antes de entrar en la peluquería decidí entrar en un bar de Coronel Sanfeliu. Sentadas en una mesa, cuatro personas estaban enfrascadas en una conversación tan acalorada como rocambolesca. Tres de los señores se estaban justificando por alegrarse de la victoria de la selección española de futbol, ante las críticas de un nacionalista, supongo que bastante dolido por la victoria española. A estas alturas de la película, todos sabemos que los líderes nacionalistas apoyaban a Rusia o a Turquía.
El nacionalista consideraba que los miles de pratenses que acudieron a la Plaza Blanes a celebrar la victoria española eran unos “fachas”. Conforme iba avanzando la conversación, los “fachas” pasaron a ser denominados “fascistas”, para acabar con la denominación de “franquistas”. Desde hace mucho tiempo, la bandera española y el concepto España han sido demonizados en Cataluña. Los nacionalistas, para reafirmar sus propios y respetables sentimientos nacionales, siempre han machacado aquellos símbolos que les resultan ajenos.
En plena retahíla de insultos, los tres señores trataban de defender sus sentimientos: ¿Acaso los alemanes que animaban a su selección eran nazis? ¿Acaso no es posible sentirse español en Cataluña? ¿Porqué lucir la bandera española era de franquistas y lucir la catalana era de gente cojonuda? ¿Acaso todos los millones de españoles que se tiraron a la calle a celebrar la victoria española eran franquistas? ¿Por qué en El Prat se celebra la Diada de Cataluña y no el Día de la Hispanidad?
Yo estoy con aquellos tres señores del bar y con todos aquellos que se alegraron de la victoria española. Por eso, sin complejos, sin extremismos, con el máximo respeto y desde la normalidad democrática digo ¡Viva España! Y ahora, señores nacionalistas y progresistas acomplejados, insúltenme si quieren…
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