Esta semana hemos visto unas imágenes que a todos nos han puesto los pelos de punta. Dos niñas rumanas, de 12 y 11 años, se ahogaban en una playa de Nápoles. Sus cuerpos fueron llevados hasta la arena y allí restaron horas hasta que el forense y el juez ordenaran su levantamiento. Los bañistas presentes en la playa tuvieron el decoro y la vergüenza de tapar los cadáveres de las niñas con una toalla playera pero siguieron tomando el sol, escuchando música, le hicieron unas cuantas fotos con su teléfono y se acabaron su “tinto de verano” mientras contemplaban esa dramática escena.
¿Es más grave el suceso o la indiferencia del personal dominguero?
¿Hubieran actuado igual los domingueros napolitanos si las niñas fueran de Padua?
¿Cuántos cadáveres hubieran sido necesarios para acabar con la frialdad de los bañistas?
¿Hemos de suponer que la jornada playera fue agradable para estos bañistas si, a pesar de todo, permanecían en la arena?
¿A qué extremos estamos llegando en esta sociedad occidental del egoísmo, el individualismo mal llevado y la relativización moral?
Estoy seguro que buena parte de estos bañistas cuando llegan a su casa se estresan porque han engordado un kilo, discuten con su pareja por motivos domésticos o se quejan porque les duele una muela. Pero claro está, es su muela. Poco les ha preocupado desayunar al lado de dos cadáveres...

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