¿Qué debe pasar por la mente de un político de izquierdas cuando compara sus palabras con sus propios actos? En principio, y partiendo de la base que de psicología sé lo mismo que de peluquería, creo que se debe sentir algo confuso.

Aquellos casposos discursos comunistas-socialistas basados en el reparto buenista de la riqueza pasaron a mejor vida cuando los líderes de izquierda empezaron a ganar millones a la par que sus administrados pasaban hambre. Ya nadie defiende a la Rusia de Lenin, ni a China de Mao. A los progres sólo les une su amor a la dictadura cubana, su simpatía por los antiglobalización de cualquier calaña y su odio crónico a los EEUU, con permiso de los Levi’s y la Coca-Cola que consumen. Si su admirado Ché los viera…

La izquierda arremete contra la escuela privada-concertada y dicen apostar por la escuela pública. Luego llevan sus hijos a la primera y se fuman un puro (siempre cubano). El cinismo se vuelve hipocresía cuando encima los llevan a escuelas de educación cristiana y les obligan a hacer la comunión en plena lucha contra la simbología religiosa.

Critican sistema “neoliberal capitalista” mientras especulan con acciones de Telefónica. Dicen que transforman los barrios marginales pero ninguno vive en ellos. Son súper tolerantes pero defienden como fascistas las multas por rotular un comercio en castellano. Te invitan a que cojas el transporte público pero no sueltan el potente coche oficial. Mientras se ríen de la Constitución Española, obligan al ciudadano a cumplir la ley. Simpatizan con los okupas, pero si entran en fincas ajenas. Defienden “mucho” a los trabajadores y en cambio son una máquina de crear paro...

La política de izquierdas no puede basarse en el “haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga”. Pedimos un poquito de honradez y coherencia intelectual.

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